lunes, 18 de mayo de 2009

Esperanzas de medianoche

Deliras,
deliras pero me engañas;
peor aún,
me haces partícipe de tus delirios
y el personaje principal.
Borras los pasos que dejas a tu espalda
para impedirme que te encuentre.
Quieres condenarme a respirar azufre
como te obligaron a ti en otro tiempo.
No,
no quiero eso.
Sí.
Me volviste a mentir.
Todavía recuerdo aquel día en que escribiste
nuestro destino sobre papel mojado,
en esa oscura estación,
de almas bien definidas y arrancadas de su realidad,
mientras me acariciabas el pelo
prometiéndome que no iba a pasar nada.
En aquel momento
hasta las luciérnagas se rieron de tu ironía
dibujando extrañas muecas sobre nuestras cabezas.
Pese a todo,
guardé ese papel con toda la ilusión
de un iluso principiante
esperando que las últimas líneas
se borrasen antes de que llegase el momento.
El bucle se volvió a cumplir,
no se puede luchar contra evidencia.
Ahora,
sólo me queda intentar sacarle una sonrisa al espejo
y la única solución que encuentro
es rajarlo con la mayor rabia posible;
con esa mezcla de posos de café y cristales rotos
escribiré el último capítulo
de mi dulce decadencia.

sábado, 9 de mayo de 2009

Último aliento

Tic-tac, tic-tac… y vuelves a explotar manchando todo de rabia y amarga bilis. Suenan las 6 y escupes de nuevo esa bocanada de aire entremezclada con odio. Ya son 36 horas sin dormir y maldiciendo el segundero y tus dudas, tus putas dudas; te sientas de nuevo para poder mirar por la rendija de la incertidumbre. Echas otro trago. Consumes de nuevo esa pastilla de colores llamativos que se supone que debería calmarte. Nada, no pasa nada. Te asomas a la ventana. Otra mañana más. Otro día nublado. Otra botella de alcohol barato encima de la mesa. Pero no otra cara nueva frente al espejo. Te consumes, te consumen… no, más bien te consumes. ¿Qué quieres de mi? ¿Qué quieres de ti mismo? ¿Qué cojones buscas? Respira… es mejor que te relajes…
Cada línea escrita es un corte profundo sobre los antebrazos desnudos. Cada gota derramada es un motivo más para odiarme. He descubierto que soy incapaz de creerme. Pero esta penitencia no lleva a ningún lugar seguro, sólo reduce la cordura a cenizas fácilmente transportables a la nada.
Las luces del corredor han comenzado a apagarse, y no seré yo el que se levante a encenderlas. Sólo me queda cerrar la verja e impedir mi paso de nuevo hacia el otro lado, podría ser demasiado peligroso para los dos. Apretaré la mandíbula mientras la fría aguja introduce el dulce caos en mis venas, permitiéndome ver la verdadera vida con la blancura de mis ojos.