jueves, 4 de junio de 2009

Lágrimas de sentencia

Vives de ilusiones.
Vives de caricias y cafés a medianoche.
Mueres de esperar,
contando las lágrimas
que derrama el viejo reloj
al saber que nunca vendrá.
Terminas las historias
sin apenas haber escrito
el prólogo de tu propia vida.
No tiene prólogo.
Pero tampoco ganas ni fuerzas
de empezar a latir.
Demasiado inmaduro todavía.
Demasiado joven para envejecer.
Demasiado viejo para crecer.
Demasiado débil para creer.
Y la vida,
con voz cazallera
y escupiendo tinta
que cala hasta el desconsuelo,
se ríe,
alumbrando las aceras
con la sombra de tus pisadas.
Miro la urbe
desde dos cuencas vacías
que desprenden alaridos de inanición.
Veo miedo sin orgullo.
Veo asfalto mojado de besos que no me diste.
Veo llamadas perdidas
sin un destinatario concreto.
Estallo los cristales de las farolas
a mi paso,
y supuro alquitrán por las heridas
entremezclándolo con ignorancia y conformismo.
Oblígame a que dé el último paso
y nunca más
oirás al eco de mis zapatillas
amortiguarse
con los bucles de tu pelo.

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