miércoles, 10 de junio de 2009

Sin título

A veces,
aprendemos a escuchar al silencio,
sin dejar que se nos pase ninguna nota,
y comenzamos
a valorar la poca importancia de las palabras,
siempre sucias y llenas de imperfecciones
y malos modales
y sabor a nicotina
y a café enfriándose a las tantas de la madrugada
acompañado de una porción fría de ilusión.
No siempre
comprendemos su significado,
vacío de “Te quiero” y “Te echo de menos”
pero lleno de ganas de sentirlo
y de romper la tranquilidad
de la última calada
con una leve caricia en la mejilla.
Callado,
escribes su nombre en un papel arrugado y mugriento,
rajas tu garganta
y lo introduces,
manchando todo de recuerdos
y sangre reseca
que intenta apartarse de su destino
chillando con toda la rabia acumulada,
pero resulta imposible todo intento
de gritar en el vacío
ya que nunca podremos oír.
Y así es como estoy,
rompiéndome la voz en el vacío,
intentando reconocer mi propio eco
y contestarle con el odio que se merece.
Pero acéptalo,
es imposible gritar en silencio…

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