domingo, 30 de mayo de 2010

Tiempos de arrepentimiento

Yaces en el subsuelo de tu cerebro, en la trastienda de la conciencia, bebiendo whiskey con soledad. Sabes que te mira con indiferencia pero con una rabia contenida durante años. Una amiga de toda la vida apartada del mundo con dos tragos y un adiós.
Nunca olvidarás aquella tarde en la que te juró que nunca más se separaría de ti mientras las lágrimas surcaban sus gélidas mejillas y apretaba tus manos con tristeza. La luna se te apareció la noche anterior jurándote amor eterno. Después de tanto tiempo intentando acariciar sus suaves y delicados muslos no pudiste negarte a su proposición, pero un amargo recuerdo te sacudió y una lluvia de cuchillas voló hacia el cielo destrozando su alma en mil pedazos imposibles de unir.
Fustigaste tus deseos sin dolor, arrepintiéndote de cada golpe, cada grito, arrepintiéndote de ser, de sentir, de las caladas de soledad y sus abrazos por compasión. Las cosas nunca serán como fueron, no habrá llamadas que desaten la risa y la locura ni relatos con los que llorar, no habrá ni tú ni yo, no habrá un nosotros, sólo una línea de lágrimas marchitas y memorias muertas que sacudirán mis sueños induciéndome a la más cruda de las realidades, mi triste mundo, y haciendo que…
Ahora te miro desde este húmedo agujero, arropado por mi ego y tiritando de arrepentimiento. Te veo. Irónicamente, no vienes sola. Te acompaña la luna. No os miráis a los ojos, ni siquiera os habláis, no parecéis conscientes de estar una junto a la otra. Tan sólo intercambiáis sollozos y abrazos para olvidar. Para olvidarme... y así poder mantenerme vivo en vuestros recuerdos.

domingo, 17 de enero de 2010

Cuarto menguante

Tres y media de la madrugada. No queda papel ni nada con lo que aliñar el seco tabaco. Tan solo una botella vacía, de algún alcohol jodidamente asqueroso, y una vieja lámpara descansan sobre la mesa. La tinta se derrama sobre las hojas mientras pienso en la última jugada. Nada me acompaña. Bueno sí, aquella pequeña y mugrienta caja dónde te dejé escondida. Hace tanto tiempo que te guardé que ni recuerdo cuándo fue la última vez que di un paseo por tus rincones. Sólo recuerdo los últimos versos que te escribí:

“y lamiste la escarcha de mis sueños
para mostrar los errores de mi vida,
y con ellos,
sacudir las lágrimas y la rabia
con la que firmé tu despedida”

Sabes que nunca fui buen poeta. Bueno, en realidad, nunca llegué a ser un poeta, ni la ínfima parte de lo que ello supone, tan sólo un loco traductor de pesadillas que con el último trago olvida todo, salvo las piedras que se puso en el camino.
Ahora, disfruto fumando la última calada de la vida y besando furtivamente a la luna. Posándome en el alféizar de la ventana aúllo por su presencia. No queda nada por lo que arrepentirse, así que, discúlpenme, pero creo que me esperan en la pieza de al lado.