domingo, 17 de enero de 2010

Cuarto menguante

Tres y media de la madrugada. No queda papel ni nada con lo que aliñar el seco tabaco. Tan solo una botella vacía, de algún alcohol jodidamente asqueroso, y una vieja lámpara descansan sobre la mesa. La tinta se derrama sobre las hojas mientras pienso en la última jugada. Nada me acompaña. Bueno sí, aquella pequeña y mugrienta caja dónde te dejé escondida. Hace tanto tiempo que te guardé que ni recuerdo cuándo fue la última vez que di un paseo por tus rincones. Sólo recuerdo los últimos versos que te escribí:

“y lamiste la escarcha de mis sueños
para mostrar los errores de mi vida,
y con ellos,
sacudir las lágrimas y la rabia
con la que firmé tu despedida”

Sabes que nunca fui buen poeta. Bueno, en realidad, nunca llegué a ser un poeta, ni la ínfima parte de lo que ello supone, tan sólo un loco traductor de pesadillas que con el último trago olvida todo, salvo las piedras que se puso en el camino.
Ahora, disfruto fumando la última calada de la vida y besando furtivamente a la luna. Posándome en el alféizar de la ventana aúllo por su presencia. No queda nada por lo que arrepentirse, así que, discúlpenme, pero creo que me esperan en la pieza de al lado.